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Descubrirse Amados por Dios



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“Yo te desposaré conmigo para siempre;

te desposaré conmigo en justicia y en derecho,

en amor y en compasión,

te desposaré conmigo en fidelidad;

y tú conocerás a Yahvé” (Os. 2,21)

 

Es el final de la promesa. El texto comienza con la llamada “Voy a llevarla al desierto” y acaba con el desposorio con Dios, porque “conocer a Yahvé” no es tener un mero conocimiento teórico, sino tener la experiencia de su presencia, conocerle íntimamente, como el esposo conoce a la esposa y la esposa al esposo. Conocer a Yahvé es estar en Él y Él en mí, de suerte que mi corazón lata al ritmo del suyo, que yo tenga sus mismos gustos, sus mismos deseos, sus mismas prioridades, sus mismos anhelos. Es tener la experiencia de ser amado, pero también encontrar en mí esa nueva fuerza que me ha sido dada en el Espíritu Santo.

Recuerdo que cierto día recibí una carta de una joven que tenía la sensación de no haber sido amada nunca. Me decía que, de niña, siempre tuvo la impresión de haber sido concebida por equivocación, de no haber sido nunca deseada. Sus padres sólo hablaban de su hermano o de su hermana, pero nunca de ella, como si no existiera; tenía la sensación de haberles molestado siempre y de no ser bienvenida en ninguna parte; por eso sentía una herida permanente.

Me escribía: “Cuando iba al colegio, todo el mundo, menos yo, tenía amigos. Y me daba la impresión de que ningún hombre podría amarme”. Luego proseguía: “Un día, cuando iba por un bosque, me senté junto a un árbol, y de repente me embargó la certeza de ser amada por Dios”. Algo brotó en ella, descubrió que era importante, preciosa a los ojos de Dios. Es una experiencia muy fuerte, y tanto más cuanto que se trataba de una persona que tenía la impresión de no haber sido amada nunca. Era un conocimiento de Dios nuevo e inmediato, que, a la vez, lo cambiaba todo y no cambiaba nada. Es importante comprender que esta experiencia del amor de Dios, lo cambia todo y, a la vez, no cambia nada.

Somos fruto de nuestra historia, la suma de todo lo que hemos vivido desde nuestra concepción; cada acontecimiento, feliz o desdichado, se ha inscrito en nuestra carne, y aunque nuestra memoria no lo recuerde, nuestro cuerpo sí se acuerda de todo. Él lleva la huella de cada herida, de cada rechazo, de cada gesto o palabra que ha podido darnos la sensación de no ser amados y, por lo tanto, de ser culpables. Es extraño lo profundamente enterrado en nosotros que está ese sentimiento de culpabilidad.

La primera vez que un niño pequeño se siente rechazado, simplemente porque no se le escucha, porque su madre está cansada u ocupada con otro de sus hijos, el niño no comprende, se siente herido, y de la herida nace el sentimiento de que, si no es amado, es porque no es amable, y de que, si es rechazado, es porque es culpable, sin saber bien de qué. Ese sentimiento de culpabilidad le corroe en su interior, mina su confianza, le hace dudar de sí mismo y de los demás, y condiciona muchos de sus actos sin que él se dé cuenta.

Somos modelados por todas las gracias recibidas, por todas las rechazadas, por todos los gestos de amor y por todos los gestos de odio o de indiferencia, por nuestros fracasos y nuestros éxitos; todo, literalmente todo, se inscribe en nuestra carne.

Así, la experiencia del amor de Dios que un día tenemos, como la tuvo esa joven, no cambia nuestra historia ni lo que nos ha modelado, pero nos cambia a nosotros, porque nos revela que Dios nos ama, tal como somos, no tal como habríamos querido ser, no tal como la sociedad o nuestros padres habrían deseado que fuéramos, sino tal como somos hoy, con nuestras debilidades, nuestras heridas, nuestros temores, nuestras cualidades y nuestros defectos. Tal como somos hoy, somos amados por Dios.

Y si tenemos la impresión de decepcionar constantemente a los demás, de ser incapaces de responder a sus expectativas, a su confianza, a las esperanzas que han depositado en nosotros; si tenemos la sensación de que hay un desfase entre lo que parecemos ser y lo que somos de verdad, entre lo que se nos considera capaces de hacer y lo que podemos hacer en realidad, entonces es preciso que sepamos que a Él, a nuestro Dios, no le decepcionamos.

Él nos conoce con precisión. Él conoce el extraño mundo de tinieblas y luces que nos habita, conoce mejor que nosotros esa mezcla misteriosa que somos, sabe de qué somos capaces. A los demás podemos decepcionarlos porque se forjan sueños acerca de nosotros y nos proyectan en lo ideal; Dios no se siente nunca decepcionado porque ama a quien soy hoy; Él no vive ni en el futuro ni en el pasado, sino en el presente. Él “es” el presente y me ve en mi realidad presente.

Recuerdo haber hablado hace unos años a unas religiosas en Inglaterra, y una de ellas me interrumpía continuamente. No me molestaba demasiado, pero yo notaba que se ponía nerviosa y perturbaba al resto del grupo. Al final pidió verme a solas y me dijo: “¿Sabe?, tengo un carácter terrible”. ¡Ya me había dado cuenta! Añadió: “Ningún hombre me habría elegido”. También eso me pareció verosímil. Después dijo también: “Pero Él me ha elegido. Dios me ha elegido como soy”. Detrás de aquel “carácter terrible” había una niña muy humilde, una niña amada por Dios.

El descubrimiento de que Dios nos ama hoy, de que no se siente decepcionado de nosotros y de que hoy nos dice: “Sígueme”, constituye un gran misterio. Nosotros siempre sentimos la tentación de decir: “No soy capaz, no soy digno, no soy bueno...”. Pero Dios nos responde: “Yo te amo como eres, y es a ti a quien llamo hoy, a ti, con tus heridas, tus debilidades, tus infidelidades... Y porque has sido infiel, porque me haz olvidado, voy a seducirte de nuevo, a llevarte al desierto para que puedas comprender cuánto te amo; y me conocerás, “conocerás a Yahvé”.

Tomémonos hoy tiempo para escuchar a Dios, sentémonos junto a un árbol donde, como la joven de la que hablé antes, podamos oírle decirnos; “Eres mi hijo amado”. Sí; somos preciosos para Dios.

 

(“La fuente de la lágrimas”, de Jean Vanier)



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